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En El Ramirez Goyena

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EN EL INSTITUTO RAMIREZ GOYENA

 

Cuando ahora que he revisado estos artículos míos, yo esperaba por encontrar algunos detalles en otros relatos de mis distinguidos amigos que tuve en el Bachillerato, pero todo esto se me había hecho infructuoso. Hoy primero de junio del 2009, estoy insertando entre mis artículos dedicados a la memoria de mi padre, este que voy escribiendo en horas de la tarde, pues en horas de la mañana muy temprano a las siete horas, yo había leído la suscripción de Bolsa de Noticias que diariamente me envían a mi casa, los miembros del Grupo ESE, hijos de don Emigdio Suárez (q. e. p. d.).

Una de las columnas informativas favoritas que leo en esta última etapa de mi vida, pues el miércoles 3 de junio cumpliría 65 años, es el servicio de ideas espectaculares “Al Bolzazo”, que firma con seudónimo “El Extraterrestre”, pero que todo el mundo sabe que, bajo el seudónimo se esconde la pluma del cronista deportivo mayor de nuestro tiempo, Edgard Tijerino Mantilla.

En la columna del 1 de junio del 2009, Tijerino dedica una parte de su artículo para hablarnos de las rehabilitaciones de dos centros educativos importantes de los últimos 40 años de la vieja Managua, post terremoto del 1972. No es que ambos centros educativos hayan sido destruidos por dicho terremoto, sino que se hayan deteriorado ambos centros de estudios después de haber sido reconstruidos en el año 1973.

Pues bien, gracias a la Cooperación Española y su Embajada de España en Managua, serán levantados nuevamente para rehabilitarlos debidamente y con mejores condiciones para el estudio. Yo decía anteriormente, que buscaba a alguien que escribiese acerca del Instituto Nacional Ramírez Goyena por este tiempo, para no ser yo quien les hablara donde pasé mis cinco años de internado en el Ramírez Goyena, cuando era dirigido por el poeta Guillermo Rothschuh Tablada.

Edgard Tijerino se confiesa con alarde de sus años juveniles, como lo hace siempre a su caracterizado narcisismo. “Para mí, fue la secundaria la etapa más feliz como estudiante y como adolescente en formación”. ¡Qué Colegio era ése que dirigió Guillermo Rothschuh Tablada, y despues los hermanos César y Reynaldo Núñez, con apoyos como como los de Genaro Sánchez y Juan Doña.

Lo tenía todo: un impresionante staff de profesores; aulas bien acondicionadas; un internado con las mejores condiciones imaginables; piscina; el primer gimnasio con tabloncillo techado e iluminado en la historia de Nicaragua; azotea; Escuela de Recursos Técnicos en Carpintería y Electricidad; y lo más importante de todo, la gran producción de valores de indiscutida jerarquía para aterrizar en las Universidades, y adueñarse de los primeros lugares. Alumnos próximos a la genialidad como Otoniel Argüello, Rubén Halftelmeyer, Modesto Bove, Luis Huete, Arturito González y tantos otros, salieron de esas aulas.

Hago aquí la salvedad que yo no quería entrarle a este artículo o ensayo de Tijerino, por su propio inicio, sino volver de nuevo al inicio como lo hago ahora. Al hablarnos al comienzo el autor de la columna “Al Bolzazo”, le tira flores al ministro de Educación, y no a la Cooperación Española, elogiando “¡Qué bueno!” Es encontrarnos con la gestión materializada de Miguel de Castilla, al pasar revisión a la rehabilitación de los dos centros de estudios históricos, el Ramírez Goyena y el Maestro Gabriel, con tantos exalumnos instalados ahora en las esferas de poder tanto político como económico.”

Tijerino sugiere que sería éste un “Sueño para Miguel, regresar a los niveles de atención y eficacia que tenía la enseñanza pública en aquellos tiempos. Era un orgullo ser egresado del Goyena, y una gran satisfacción estar ahí. Fue Rothschuh Tablada quien colocó a Carlos Fonseca al frente de la llamativa y funcional Biblioteca.  Y en ese Goyena se formaron cuadros de la Revolución,cuando los carnés de militancia no se repartían como naipes descartados. En esas aulas estudiaron Julio Buitrago, Doris Tijerino, Bayardo Arce, Lenín Cerna y un rollo de batalladores sandinistas, que dejaron huellas imperecederas en la lucha revolucionaria… La clase obrera disponía de institutos suficientes para no desear estar en los centros privados. Es más, muchos hijos de gente pudiente, prefirieron ser matriculados en las aulas públicas de una enseñanza super-respetada.”

Fantástica la descripción que hace Edgard Tijerino de sus memorias de años estudiantiles, que son las mismas memorias mías, pero sin que yo elogie a los cuadros de la militancia revolucionaria sandinista…

Yo recuerdo aún más cosas que sucedían en el ambiente saludable del Instituto Ramírez Goyena, y que puedo continuar aquí citando debido a que tengo un poquito de más espacio que la columna Al Bolzazo.

Recuerdo por ejemplo que durante el mediodía de 12 a 2 p.m., los altos parlantes dedicaban un repertorio de música clásica y semi clásica y moderna. Por las tardes de las 5 a 7 p.m. la música continuaba para deleite de todo el conglomerado. Los sábados por la tarde, y los domingos, la música era preferida por todos, o había un silencio profundo.

Los dormitorios del Internado, en el segundo piso del flanco Este, era lo mejor. Allí era el dormitorio de los alumnos especiales, y el del propio Director del Centro, Inspectores y alumnos sobresalientes. Los dormitorios del segundo y tercer piso del flanco Oeste, ahí dormitaban los alumnos más despiertos o liberados de prejuicios o los más bulliciosos. La planta baja alojaba el comedor de largas mesas y ventanas alrededor. Había orden y disciplina para entrar y para salir después de las comidas nutritivas.

El módulo donde los musculosos hacían ejercicios físicos con las pesas, tenía su horario especial; estaba situado en la esquina suroeste del edificio. Las aulas espaciosas estaban situadas en la planta baja o primer piso y segundo piso central del costado sur (hacia la parte central estaba la Biblioteca), mientras que la piscina grande se distinguía en la parte norte del enorme patio deportivo; más al Este, el gimnasio que habla Tijerino, estaba situado en el extremo noreste del edificio en la planta baja. Era lindo el gimnasio y muy concurrido por equipos de basket-ball femeninos y masculinos.

¡Oh, los niños! ¡Oh, los jóvenes de aquellos tiempos! ¡Oh, las reinas estudiantiles, graciosas y hermosas! ¡Oh, aquellos ojos adorables! ¡Oh, las notas de la Piccolísima Serenata! ¡De Shubert, Beethoven, Verdi, Chopin! ¡Oh, juventud divino tesoro! ¡Oh, cómo se recordaba a Rubén Darío!

¿Y las clases, y los estudios y los profesores? ¡Todo era mejor!…

 

 

Breve reseña biográfica de mi muy recordado amigo y hermano Fernando J. Benavente

 

Yo tuve dos amigos en blanco y negro; en la casilla blanca coloco la inolvidable figura de Fernando J. Benavente; perecedera sería mi amistad con el segundo, Carlos José Guadamuz.

Hacia el año 1960, cursaba yo el tercer año de bachillerato en el Instituto Ramírez Goyena, edificio nuevo de plano rectangular, situado a una cuadra de distancia de la vivienda donde estaba unida mi vida a mi abuela Esther Masís, en la Quinta Avenida Sur Este, o sea, del Colegio Bautista setenticinco varas hacia el lago (norte).

Desde que me interné en el Ramírez Goyena, en 1957, yo vivía junto a mi familia, en esa casa de un piso, en la Quinta Avenida Sur Este, en la Managua de antes del terremoto de 1972. Forzozamente yo tenía que conocer al estudiante Fernando J. Benavente quien residía también en el mismo vecindario, por el lado del Ramírez Goyena y el Bautista. Fernando vivía con sus padres, don Marcos Benavente y doña Rita, cuya casa de habitación colindaba frente a los patios enmallados del Colegio Bautista, o sea, de la Quinta Avenida Sur Este, en direción al Ramírez Goyena, en su costado frontal con vista hacia el sur. Todo esto era parte del antiguo Barrio “El Caimito”.

En 1957, 1958 y 1959, la Quinta Avenida Sur Este, que antes era de camino de tierra, donde se convertía en río raudo en tiempo de invierno, fue pavimentada la avenida y las calles aledañas, por la Alcaldía de Managua. Una vez pavimentada la avenida, los muchachos del barrio la convirtieron de tarde en tarde, en escenario de juego de pelota a mano abierta, y puño cerrado. Los carretones que pasaban por ahí, ya no tronaban como antes. Los vehículos y coches de caballo ya pasaban sin ningún temor a estropearse.

Exactamente a treinta y cinco varas hacia el sur de mi casa, había una cuartería o bohío, de una planta, donde vivía Carlos José Guadamuz, que le hacía compañía a sus hermanos y mamá.

Yo tenía noticias hacia el año 1960, por conversaciones con mi amigo vecino, el estudiante de Derecho, Carlos Ramírez Morales, conocido con el mote de “La Peluda”, famoso porque todas las tardes buscaba a alguien para sostener un pleito callejero en la esquina de “La Flota”, centro de billar. Carlos Ramírez ya era bachiller y estudiante de Derecho…y quien sería años más tarde egresado de la Escuela de Periodismo, y redactor del Diario La Prensa. En el barrio respetaban todos a Carlos porque era un joven bien desarrollado, alto, de complexión atlética, aunque naturalmente huraño, pero enamorado de las mas lindas jovencitas del vecindario.

Yo tenía noticias repito, a través de Carlos, que los muchachos del barrio compraban pelotas de tennis en casa de los Benavente. Una mañana, o tal vez sería una tarde, fui a dar a ese lugar de venta de pelotas tennis, y compré tres pelotas en su tubo de las que vendía don Marcos, o cualquiera de sus hijos, Sergio o Fernando. Así de vez en cuando fui conociendo poco a poco, a quien sería luego uno de mis mejores amigos del ayer, Fernando J. Benavente, jovencito simpático, sonriente, social y amable en todo lo que podía.

Cuando regresé de mi primer viaje a Estados Unidos (Marzo – Abril de 1965), invitado por el Departamento de Estado, acompañado de una flota de treinta y cinco mejores estudiantes de la UNAN y la UCA, yo compré allá un par de Walkie – Talkies, y los guardé en mi armario por largo tiempo.

En 1966, viajé a Cuba a la XVII Olimpiada de Ajedrez, pues ya tenía una larga trayectoria de ajedrecista de primera categoría, cuando tube participado en campeonatos estudiantiles del Ramírez Goyena, del Club de Ajedrez “Don Samuel Retelny”, en el Barrio Santo Domingo, situado en la parte Nor- Este del “Caimito”, y traje de Cuba un juego de ajedrez de madera preciosa que el Comandante y Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro, nos había obsequiado a más de trescientos ajedrecistas participantes, en el mes de octubre de 1966.

Por este tiempo, 1969, se construía la base del edificio del Banco de América de la familia Pellas, en la ciudad de Managua, situado a unas ocho cuadras de donde yo vivía, en dirección hacia el Oeste (abajo). Yo dí prestado a mi amigo Fernando J. Benavente, el par de Walkie – Talkies, porque él tenía interés de curiosearlos, aunque él también los había visto en la tienda de su pariente el señor Manuel Riguero, que los importaba para sus ventas, entre los equipos electrónicos y de comunicaciones que empezaban a circular.

Pasó una semana, o diez días, y fui a casa de Fernando con el ánimo de tomarnos unos traguitos del ron Santa Cecilia, o de Flor de Caña. Ya veníamos teniendo las primeras sesiones en las tardes de los sábados, del mediodía en adelante, en la habitación de Fernando, donde conversábamos alegremente, él y yo solamente con el permiso de sus padres, pues ya éramos bachilleres por derecho y de los mejores alumnos.

Esa vez, le pregunté por el uso de los walkies – talkies… y me respondió de algunas sorpresas. Me dijo Fernando: “Mirá Gustavo, son de buena calidad, y tienen efectos y buenos resultados, pues en un radio de acción… no jodás, mirá lo que pasó…Primero, un día de estos, y algunas veces, cuando yo los enciendo, me llegan sonidos y voces muy claras, o a veces con ruidos intermitentes, de las órdenes que dan los ingenieros y capataces a los obreros de la construcción que trabajan en la base del edificio del Banco de América….

Algunas veces escucho: -Subí el cemento, las palas, o el hierro, de un peldaño a otro nivel…ó, bajá los bidones de agua y demás herramientas… ó, ahí va el tractor a mover las toneladas de tierra, cuidado!...

Bueno, esto lo he escuchado, como te digo, en varias ocasiones… hagamos la prueba…

Y la hicimos, y pudimos escuchar algunas voces en similares momentos…

Pero Fernando continuó hablando: No jodás, el clavo mayor me pasó hace algunos días, pues frente a mi casa, pasan muchas veces las patrullas de la policía, que vienen del Hormiguero (Celdas de prisioneros), o pasan los agentes de la Seguridad Somocista (de la Guardia Nacional), y escucho a veces algunas comunicaciones que hablan así: Aquí, Cobra Uno llamando a Cobra Dos, me escuchan? Bueno, okey, la cosa está jodida… no damos con el clavo… o, ya estamos tras la pista, pero vamos a agarrar a esos hijoeputas que nos interfieren las comunicaciones…, o dicen a veces, tenemos vigilada la zona, todo bajo control, estamos listos…”

A estas anécdotas, yo debo agregar la más curiosa de todas que nos haya pasado a Fernando y a mí; esto sucedió por el año 1968. Yo inicié mi programa radial en 1967 con Panorama Universitario, y luego en conjunto con Benavente, quedando éste como director de Panorama del Jazz y la cultura, transmitiendo ambos programas continuos en Radio Güegüense, de don Salvador Cardenal, quien nos había dado su apoyo en base a no cobrarnos a cambio de mantener un programa variado de la cultura nicaragüense, a las cuatro de la tarde, todos los sábados…

Fue uno de aquellos sábados, del mes de marzo de 1968, en que teníamos el plan de transmitir ambos programas en vivo. Benavente me dijo por la mañana cuando llegué a su casa, que tenía listo el material de la tarde, y que yo pasara por él, para irnos juntos a la Radio Güegüense…

Así fue, pero un poco distinto… Yo llegué a su casa y golpeé a las 2 y 30, pero noté algo extraño… Cuando golpeé a la puerta, dándome los rayos del sol a mi espalda, se me abrió una puerta de la sala, y poco a poco se me asomó por la parte oscura de adentro, un hombre para mí desconocido, a quien pregunté:

-         ¿Está Fernando?

-         No. (Me respondió, agregando, hace poco salió…

-         ¿Y usted, quién és? -Insistí de nuevo…

-         Yo soy tío de Fernando. -Me contestó

-         ¿Tardará? Martilleé de nuevo, tratando de hacer perder el tiempo a los dos, pero el sol me atacaba duro por la espalda, con los rayos de marzo…

-         Yo creo, -dijo inseguro el hombre que ya me daba la figura de su cuerpo entero, más alto que yo, y de aspecto a indiado.

-         Voy a esperarlo, aquí afuera a la sombra de este poste de la acera…, -le dije.

-         Bueno, me dijo el desconocido, tratando de actuar de manera lo más natural, y pude verle los zapatos de hule, su gorra puesta en la cabeza, de camisa manga corta, de facciones ordinarias y narizón.

-         Mire…, -agregó en el acto…- Me puede ayudar a sacar esta caja a la calle, porque ya me iba…

Relampagueé en mi pensamiento al instante, y de una manera también natural, le dije:

-         Claro que sí…-  Le contesté.

Mirando hacia adentro de la sala, hice el intento de moverme hacia dentro de la sala, pero mirando que estaba un jarrón a mi alcance, a un paso del umbral de la puerta. Me adentré un metro… cuidando de no quedar al alcance del brazo del hombre. El hombre tomó un extremo de la caja, y yo el extremo contrario no cerrando los ojos para nada, y viendo de reojo el jarrón, en caso que me atacara aquel desconocido…

Los dos asimos dicha caja, y la sacamos a la acera hacia la calle. La pusimos en el suelo, y el hombre regresó al interior de la sala a traer su costal de ropa que dijo ser suya, porque con ella andaba, según él, por Managua. Cuando el hombre volvió de nuevo a la acera, me dijo que tomaría un taxi y eso lo encontré normal pero bajo sospecha, diciéndome al mismo tiempo que yo podía seguir esperando a Fernando cuando éste volviese. Yo me quedé sólo en la acera, viendo la partida del hombre (ladrón), que huía tranquilamente del lugar en el taxi…

Como yo ya no aguantaba los rayos del sol en la cara y en la espalda, me volví a la puerta, miré hacia adentro donde había silencio profundo; no pregunté por nadie, ni vi sombra alguna que cruzara por el interior de la casa, ni escuché ladrido de la perrita Laika. Entonces opté por cerrar la puerta abandonando la casa de Fernando bajo los rayos inclementes del sol de marzo…

Sin embargo, al irme retirando del lugar pensando que tal vez había quedado amordazado alguien en el interior de la casa, me dije así mismo “Jodido!... hice todo lo posible para esperar a que alguien viniese a la casa, pero ninguna alma viviente se acercó. Fernando solamente me había hablado de su tío “Chale” Benavente, hombre bien ilustrado, pero no de este sinvergüenza.

¿Por qué yo había dudado de esta situación y vacilara ante aquel desconocido? Pues el caso es que para mí no era tan extraño que pernoctara en la casa de Fernando, porque tenía él la costumbre de dar posada a personajes desconocidos para mí. En algunas ocasiones Fernando me decía:

- “Hoy se fue fulano, y le di posada por un día…,o  por dos días…

ó me decía:

-         Ayer se fue zutanejo y hablamos por dos días sobre actividades urbanas…; otro día me decía: “, me reuní con los del Frente, de la organización”.

El me daba nombres o utilizando sus seudónimos, pero que yo no memorizaba, ni indagaba lo que habían ellos discutido con Fernando. El me confiaba cosas que se suponían “secretas”, pero entre él y yo no había secretos, ni intereses mezquinos, ni deslealtades, ni cosas bastardas. El sabía que yo era un hombre bastante informado de todo como periodista, y que recíprocamente le confiaba mis opiniones independientes; además no me importaba a los ojos de Fernando, que yo no tuviese empeño en conocer asuntos de la política criolla, a pesar de mis servicios periodísticos para La Prensa en el Aire.

Mis queridos lectores, yo debo explicar aquí que toda la vida he seguido este comportamiento de emplear una ética periodística, y de no comprometer a nadie, a menos que se comprendiese por las partes el derrotero de los asuntos públicos.

Fernando por ejemplo, hizo prácticas de locución en vivo, y con buen suceso, pues como él era genial en muchas cosas, sobre todo en imitaciones de voces de altos personajes de la vida pública nicaragüense, y del mundo internacional, hacía sus mascaradas de vez en cuando entre sus amigos, de utilizar sátiras con múltiples chistes, sarcásticos, burlescos, pero todo bajo el buen gusto del entretenimiento social y amistoso. A veces hizo locución conmigo, o con el mismo Carlos José Guadamuz, o con los locutores oficiales de la Radio Centauro, Donald Schiftman o César Estrada Sequeira.

En aquella ocasión del robo en casa de Fernando, yo llegué a las cuatro de la tarde a hacer el programa Panorama Universitario, tal como habíamos convenido. En cuanto ocurrió ese robo perfecto, me trasladé en otro taxi hacia la Radio Güegüense. Lo inicié en ausencia de Fernando quien llegó un poco retrasado, a medio programa y que estaba de invitado el Lic. Miguel de Castilla para hablar sobre asuntos de educación general, en el programa que continuaba Panorama del Jazz y la Cultura. Se introdujo Fernando a la cabina de locución y finalizamos el primer programa.

-         “¡Me robaron en la casa!” –me dijo asustado, agregando, -¡se me metieron!

-         ¡Ideay!- le dije-, me ví con el propio ladrón en tu casa, y hasta le ayudé a sacar las cosas, pues me dijo que era “tío” tuyo, y por más que le hice perder el tiempo, nadie apareció ni asomó la cabeza ningún vecino, todo estaba desierto y aguantando yo hasta lo imposible, los rayos del sol en la acera de tu casa.

-         Por eso no pude traer la grabadora que me prestó nuestro amigo, el doctor William Aguilar Bustamante, director de la Escuela de Periodismo, porque en esa grabadora pasaríamos entrevistas de personajes importantes, que nos han enviado por correo de varios lugares. –me dijo.

-         Bueno, le dije y agregué: No te preocupés, que por lo meno no es la consola de tu papá, sino que ahora le diremos a William que te robaron con testigo, que soy yo, y que se llevaron el equipo. No te aflijás…

-         No. –Respondió y prosiguió. -No me aflijo, pero el hijo de puta ladrón me forzó el ropero, y se me llevó alguna ropa, y unos zapatos, y como él no tenía llave para abrirlo, me hizo un boquete donde me sacó ropa, pero no toda, me imagino que no tenía tiempo. Tampoco registró la habitación de mi papá, porque la maneja enllavada.

-         Y la perrita Laika porque no ladró?. –Le pregunté.

-         A la pobre la durmió el ladrón, pero no la envenenó, por lo menos no la mató. Me contestó Fernando.

-         Vamonós, le dije- vámonos a tomar unos tragos, en el lugar de los hechos.

Todo esto pasaba por el año de 1968, como por ejemplo, lo que pasó como una pesadilla, entre Fernando y yo, por culpa de Carlos José Guadamuz. Este se apareció a la casa de Fernando, en horas de la tarde, diciéndole que venía de Cuba de manera clandestina.

Guadamuz traía dos maletas con material pesado, y que según tuve entendido después eran armas y municiones. Pide Guadamuz a Fernando dejar guardadas sus maletas, pero éste se niega porque no lo cree conveniente. Fernando se había peleado con su hermano Sergio, y se daría cuenta del problema y pondría una situación más difícil para ambos. Fernando le dice a Guadamuz que mejor los llevase a casa de la mamá de Guadamuz, que vivía a media cuadra, pero Guadamuz le responde que tampoco ahí conviene. La mamá de Guadamuz vivía en un bohío de la Quinta Avenida Sur Este, que para mejor indicación de esa dirección era del Colegio Bautista media cuadra al Lago, de la acera de enfrente.

Contiguo a la entrada a ese vecindario del bohío, estaba la casa de don Miguel Grijalva casado con doña Esther Grijalva, y sus hijos Horacio, María Esther y Luis Miguel. También vivían allí, los sobrinos de ese matrimonio: Alí Velásquez y su hermanita Zelita Velásquez. No puedo dejar de opinar en la intimidad que estas señoritas María Esther y Zelita, eran muchachas primorosas, de quince años… ambas primas, de mi primera esposa María Teresa…

Entonces a Fernando se le ocurre que Guadamuz llevara sus maletas a casa de Gustavo, a mi casa, casa de mi abuela, pero ahí encontrándome ausente porque era recién casado, dijo uno de mis tíos que no se hacían cargo de nada, que me fuera a buscar frente a la fábrica de Eskimo Salvo, casa de los Grijalva, y allí Guadamuz con salamería convenció a mi primera esposa María Teresa Coronel Grijalva y a su mamá, pero horas más tarde al llegar un tío de María Teresa, Don Miguel Grijalva, éste dijo que mejor sería llevar a otro sitio esas dos maletas comprometedoras, pues eran muy pesadas y que nada bueno sería ocultarlas en casa.

Cuando yo llegué por la noche, me contaron lo sucedido y también estuve de acuerdo con lo actuado por el señor Miguel Grijalva, y porque yo no tenía ningún arreglo ni nunca he tenido que recibir instrucciones de Guadamuz, sino que más bien, éste debía muchos favores a mi señor padre Gustavo Montalván Mejía, que en dos o tres ocasiones llevó a Guadamuz al hospital porque se había cortado los pulsos, por decidia propia.

Al día siguiente llegó Guadamuz a retirar sus maletas, pero el señor Grijalva se encargó de trasladarlo al sitio donde escondieron las dos maletas, y se las llevó gracias a Dios. Eso fue una gran trastada que me hizo el loco de Guadamuz , en mi ausencia, y en casa ajena.

Todo esto se lo referí confidencialmente a Fernando J. Benavente quien estuvo de acuerdo en lo actuado por mis familiares. Fernando me dijo que su casa era vigilada día y noche por los agentes de la Seguridad somocista.

Hubo algo más de abuso de amistad de Guadamuz hacia mí. Al pasar unas semanas, como a los quince días o más, me dijo María Teresa que había llegado a su casa una carta de Cuba, enviada por la esposa de Guadamuz a esta dirección, remitida para Guadamuz. En su contenido venían saludes amorosos y una muestra de cabello de mujer.

Bueno, la carta había llegado abierta como señal que la Seguridad de Somoza sabía de estos envíos a Guadamuz, quien ya era perseguido desde hacía años. Por unos días yo anduve en puntillas, pues los agentes de la Seguridad somocista merodeaban la Quinta Avenida, y la Tercera y Cuarta Calle Sur Este… Estos son recuerdos de pesadillas…

Voy a referirme a algo que debió haber ocurrido entre los años 1969 y 1970.

De carácter alegre, jocoso y pachanguero; elocuente, ingenioso y chistoso, así era Fernando J. Benavente. Chilero a todo rato; tenía una labia especial para narrar chiles picantes que hacían reír a la gente y sus amigos hasta más no poder. Yo me quedaba exhorto escuchándole sus ocurrencias, y por mi parte, yo nunca he tenido esa gracia de entretenimiento, a no ser que siempre soy todo oído.

Pero un buen día, cuando yo leía las sátiras de Juvenal, el griego más satírico de la antigüedad, me levanté de la cama un sábado, como a las diez de la mañana, y me dirigí a casa de Fernando, a una cuadra de distancia. En efecto, encontré a Fernando, y le conté lo que había yo leído de Juvenal, le repetí unos pasajes vulgares de la decadencia grecolatina que me causaban mucha risa, y ambos comenzamos a reírnos, de aquellas prodigiosas narraciones de Juvenal que hacían reír hasta llorar en la habitación de Fernando,

Es claro que después llegaron los tragos entre Fernando y yo, y seguir comentando a Juvenal, y de otras cosas que suceden los sábados al mediodía y la tarde.

A estas anécdotas yo debo agregar estas otras: Yo me inicié con mayor celeridad en los primeros estudios del ensayismo por Fernando, antes de lanzar una mirada más universal en este género literario.

Fernando me hablaba de vez en cuando, de los escritores más leídos en los años 60, que yo también me informaba de las mejores revistas del momento, y de los libros que circulaban libremente en Managua: de Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Roberto Fernández Retamar, Aníbal Ponce, Jorge Luis Borge, Julio Cortázar, Miguel Angel Asturias, Karl Marx, Salomón de la Selva, Vargas Vila, Rubén Darío, José Ingenieros, Iría Eremburg, Frank Kafka, Federico García Lorca, Ernesto Hemingway, Soren Kierkegard, Jean Paul Sastre, Simone Beauvoir, Niñita Kruschev, Jhon Fitzgerald Kennedy, Lindon B. Johnson, Azahrías H. Pallais, Pablo Antonio Cuadra, José Coronel Urtecho, Ernesto Cardenal, Lisandro Chávez Alfaro, Fernando Silva, Eduardo Zepeda Henríquez, Fidel Coloma, Alejandro Serrano Caldera, Carlos Tünnerman Bernheim, Fernando Gordillo, y toda la literatura derivada de los años de la Guerra Fría, es decir, de la KGB soviética, la CIA norteamericana, la Agencia Cubana, y alguno que otro religioso de moda…

La sensibilidad humanística que guardaba en su alma Fernando J. Benavente, era muy singular, emotiva y apasionada. De la buhardilla bibliotecaria que anidaba sus libros, en la Cuarta Salle Sur Este, él sacaba cual secreto de sabiduría precoz, los conocimientos que adquiría en sus años de bachillerato. De ahí mismo salió el gusto por las obras clásicas y del pensamiento grecolatino, y de allí provendrían también sus primeros ánimos de inspiración de versos fríos, cual hojas verdes, y de sus primeros pasos de amor a la Filosofía al estilo unamunesco.

Fernando hizo su bachillerato hacia el año 1964 – 1965 en el Colegio Rubén Darío, situado a escasas tres cuadras de su casa, y que fuera esa casa de estudios que lo encaminaría hacia los conocimientos y las fuentes poéticas de Darío. El me contaba algunas veces el pasaje de su promoción teniendo como principal compañía a su propio vecino, el jovencito Melvin Wallace, que posteriormente se convirtiera en un gran intelectual y editor de obras clásicas.

Entre los pensadores históricos que predominaron en su primera juventud, se destacaba el fundador de la nueva China, el joven poeta Mao Tse Tung, y la savia del dirigente moderno Ho Chi Ming. Si estos eran sus ídolos orientales, de la civilización occidental vino el empuje de sus nervios la epopeya del momento en el Caribe, la Revolución Cubana asentada en los pensamientos de José Martí, de los discursos kilométricos de Fidel Castro Ruz, y del fundador de la Tri-Continental, del guerrillero argentino cubano, Ernesto “Che” Guevara, que conquistaba los corazones de la nueva generación de jóvenes latinoamericanos…

Fue así que Fernando se posesionó de un lugar indiscutido de la dirigencia estudiantil, y de respaldar decididamente todo movimiento de protesta universitaria, sobre todo de los actos de rebeldía juvenil que emanaba de la UNAN- Managua, UNAN – León, Universidad Centroamericana, etc., etc. Su contacto con la masa estudiantil se hizo más patente cuando llevó a la práctica su pensamiento filosófico como catedrático univesitario, hasta el extremo de fundar el Centro de Investigaciones Filosóficas y Sociales (CIFS), que dirigía desde su residencia en Altamira D´Este, en Managua.

Nunca se me olvida la presentación de mi conferencia Unamuno versus Darío, La pluma debajo del sombrero, que hizo Fernando y que presidía dicho acto con el poeta famoso Carlos Martínez Rivas, en el Hotel Intercontinental Managua, en el año 1984. Yo tenía un auditorio nutrido y selecto esa tarde, pues allí estaban muchos poetas jóvenes, sobretodo en el momento en que por allí se encontraba el ministro de Cultura, Ernesto Cardenal, quien al partir de su evento, parte de su élite se quedó en el salón a escuchar mi conferencia. De este momento no quedó fotografía alguna, solamente quedó atrapada en la mente de los asistentes que pudieron escucharme atentamente, pues para ello era inesperado y raro que dos intelectuales y nobles representantes de la poesía contemporánea nicaragüense, Fernando y Carlos, estuviesen presidiendo un acto cultural de alguien que no se identificaba con el gobierno revolucionario del FSLN. Sin embargo, quien gozó más del momento, fue el propio Carlos Martínez Rivas, pues parte de su juventud la había vivido en España, y que probablemente nunca había escuchado tantos detalles entre Unamuno y Darío.


LA BIBLIOTECA DE FERNANDO

 

Yo no conocí nunca la biblioteca de Fernando antes del terremoto de 1972. Por el mismo Fernando supe que su biblioteca o armario de libros lo tenía ubicado en la buhardilla de un segundo piso de madera, en su casa frente a los terrenos del Colegio Bautista en Managua. Por el mismo terremoto supe, cuando visité por la tarde la casa de Fernando, teniendo al lado a su recién esposa, Ileana, que toda la familia salió ilesa con algunos golpes de consideración, pero que la plantita del segundo piso se vino al suelo con las cosas y los libros que ahí habían.

En el año de 1979, unos tres o cuatro días del triunfo de la insurrección popular sandinista y del pueblo de Nicaragua, Fernando se me apareció a rescatarme cuando yo me encontraba entrampado en el reparto de Bello Horizonte, pues no había salida prácticamente por veredas debido a grandes barricadas construidas por los insurrectos. Fernando me dijo que había sorteado los retenes populares y que se identificaba como dirigente revolucionario, ante los que exigían los pases de un lugar a otro.

Yo había enviado a mi segunda esposa, Sonia Arelys Barreto con nuestra recién nacida hija, María Soledad, junto a otras personas que huían del lugar bombardeado por aviones de las fuerzas somocistas, hacia lugares más seguros, y les había ordenado trasladarse a la Colonia Centro América, a casa de la madre de Sonia Arelys, doña Daysi Ortega. Allí a media cuadra, frente a la pulpería El Ceibo, era la casa de mi madre Soledad Ramírez Masís ya fallecida en 1978.

Eran los días antes del famoso repliegue de los insurrectos hacia la carretera a Masaya, cuando los vecinos del reparto de Bello Horizonte, contiguo al Cementerio Oriental, fuimos bombardeados incesantemente por unas avionetas Cesna, y por helicópteros que dejaban caer barriles incendiarios desde el aire, en los barrios populosos de Campo Bruce y Larreynaga.

Haciéndole compañía yo a mi amigo recordable don Gustavo Cuadra, hermano de don José “Chepito” Cuadra, a quien yo había comprado una casa, ambos nos pusimos a resguardo bajo el puente en reconstrucción de Bello Horizonte, a un lado oeste de lo que hoy es la Rotonda. En un recoveco nos protegimos de un bombardeo sorpresivo, y varias personas a la vez.

Don Gustavo Cuadra vivía con su familia honorable, a cien varas del Colegio México en Bello Horizonte. Días antes nos había dado posada a mi esposa y mi niña, porque en las inmediaciones de mi nueva casa en la M-V- frente a lo que hoy es el nuevo centro comercial de Bello Horizonte, y lo que fue el parque (que nunca fue público porque lo tomó para sí, el Comandante del FSLN, Tomás Borge Martínez), había persecución de insurrectos y las tanquetas de la Guardia Nacional…

Después de este susto por la mañana, me fui a proteger a mi casa, pero con tal mala suerte, que una avioneta a baja altura de distancia atacó con bombas al suelo entre las casas vecinas a la mía, por la parte trasera y yo corrí como ardilla dando saltos a velocidad increíble, y tratando de protegerme en algunas casa vacía…

Fue al día siguiente que se apareció mi amigo Fernando J. Benavente a rescatarme, como si hubiese llegado un ángel protector, y me sacó de ese infiernillo lleno de pesadillas, hacia un lugar de relativa tranquilidad, la Colonia Centro América y Altamira D´Este, donde él vivía. Allí no había guerra, sino una paz aparente…, pues a los pocos días vendría el repliegue y el triunfo de la Revolución…, y por consiguiente la caída de la dictadura de Anastasio Somoza Debayle.

En Altamira, conocí la Biblioteca de Fernando, meses antes. Yo le llevaba muchos libros a Fernando para reforzar su biblioteca. Convenimos un buen día, que todos mis libros que yo le llevaba pasarían a su biblioteca, y que él les pondría a cada uno de los libros su firma con su nombre. En el convenio verbal, acordamos que yo llegaría a pedirle prestado el libro que yo quisiera para consulta. Me dijo Fernando que esa biblioteca se la dejaría en herencia a su hija pequeña Rita Ileana, que andaría por los ocho años de edad.

Allí, en la sala biblioteca de Fernando, compartimos cordiales conversaciones sobre temas personales, nacionales y sucesos internacionales. Cierta vez, por el año 1980, visité a Fernando, y conversé con él en la biblioteca de su casa, donde lucían fotos las paredes, de Rubén Darío, del General Sandino, de Salomón de la Selva, del Ché Guevara, y la foto legendaria donde aparecía el mismo Fernando J. Benavente, junto a Carlos José Guadamuz, ambos sentados en el pavimento frente al Gran Hotel, desafiando a grito partido a la Guardia Nacional, en la manifestación histórica del 22 de enero de 1967.

En esa ocasión, Fernando me contó que a raíz del triunfo de la Revolución Sandinista y de la Insurrección del Pueblo Nicaragüense, contra dictadura Somocista, en un impasse organizativo del nuevo gobierno, se había propuesto su nombre como la persona singular, para formar parte de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, pero que él había manifestado al enviado y por vía telefónica (no identificadas para mí en el relato), que Fernando no aceptó tal cargo, sino que propuso a su vez el nombre de su amigo Ing. Moisés Hasann Morales, quien salió efectivamente nombrado para ese cargo que se le había asignado a Fernando por parte del Frente Sandinista.

Otra vez, en el año de 1985, Benavente me dejó una nota en la Colonia Centro América, de que quería conversar conmigo algún asunto. Llegué al día siguiente a su casa en Altamira D´Este, y platicamos el caso que para él resultó bochornoso y fuertemente emotivo, después que recibió la visita de su amigo Carlos José Guadamuz, quien le amenazó de muerte a Fernando, señalando con una pistola en mano, que la emplearía si fuera necesaria contra el mismo Fernando, si éste continuaba rebelde con sus posiciones antirrevolucionarias en la Universidad Nacional, oponiéndose a las ideas de la Dirección Nacional del FSLN.

Me imagino que no solamente a mí buscó Fernando, para desahogar su mala situación con la política del nuevo gobierno, sino que lo debe haber conversado con otros amigos, entre ellos probablemente a su colega en la UNAN, el catedrático Douglas Stuart. Una manera de presión gubernamental, era el atraso en los pagos como catedráticos que ellos salían afectados por varios meses en la UNAN Managua.

Este tipo de presión y de amenazas, contra Fernando en los últimos años de su vida, más los problemas económicos domésticos que atravesaba en los años de crisis y de guerra, le obligaron a buscar alguna salida o de escape de la realidad, dejándose llevar por la corriente de una vida de plástica bohemia…, algo así parecido a lo que hizo el mismo Carlos Martínez Rivas, pero con diferentes elementos de juicio.

Sobrevino la muerte de Benavente, un día viernes sorprendente para mí, porque hasta el día siguiente sábado, 28 de diciembre de 1986, me informó mi hermana Alida Esther en la Colonia Centro América, que me llegaron a avisar por la noche, pero llegué con mis tragos a dormir a media noche.

El único reportaje con dolor de hermano que en vivo hice, fue sobre el cadáver de mi amigo, Fernando J. Benavente, para el Noticiero El Despertar, de Freddy Rostrán Aráuz, a las seis de la mañana del Día de los Inocentes de 1986. Abrazado a su féretro en la sala de su casa, delante de su esposa y viuda a la vez, que vio mi rostro llorando, por alguien querido que se alejaba a la otra vida, y que con su muerte sellaba la existencia de uno de los jóvenes de aquella generación vibrante, y que formaba parte del coro representativo de la voz de una nueva conciencia en Nicaragua.

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